Columna de opinión publicada en Avianca en revista, Colombia

Dicen que la comida acompaña todos los momentos de la vida. Siempre está presente en reuniones, fiestas, homenajes, agasajos, celebraciones, cocteles, atenciones, o simplemente, al momento de restaurarnos, al menos tres veces al día.
Nos sentimos atraídos por llevar un delicioso bocado a nuestra boca, somos de naturaleza golosa, menos en una sola ocasión.
Cuando alguien cercano muere, cualquier manifestación culinaria se rechaza de inmediato, y se destina, por un tiempo, al más olvidado de los rincones.
Jamás entenderé los funerales norteamericanos. Después de enterrar al difunto, se encuentran en la casa de sus parientes para compartir un generoso buffet –estilo cóctel– que amigos y familiares ofrecen. Me pregunto a qué hora preparan esta gran cantidad de comida y cómo tienen ‘cabeza’ para hacerlo.
La mesa generosa exhibe, al igual que lo hace en Thanksgiving o Navidad, pasabocas, sándwiches, quesos y jamones, postres, platos fríos y calientes, salados y dulces, hojaldres, frutas, tartas, bebidas, e incluso, preparaciones adoradas por del recién enterrado que jamás podrá disfrutar de nuevo.
Durante esta especie de ‘reunión social’ todos están de pie y cargan sobre su mano un generoso plato mientras dan el pésame y conversan sobre la tragedia de perder a un ser querido.
Quizá sea una forma de expresar el dolor por la pérdida. Otras culturas se reúnen a tomar shots de tequila o aguardiente, como en aquella escena macabra cuando Rosario Tijeras le ofrece aguardiente a su finado amigo. Todos brindan por el fallecido y le desean una mejor vida en el «más allá», mientras cantan sus canciones favoritas entre lágrima y lágrima y recuerdan gratos momentos que compartieron en vida.
Contrario a muchas culturas que comparten unos bocados y copas para solidarizarse con la muerte, nosotros acompañamos a nuestros seres queridos durante la velación con café de greca, agua aromática, botella de agua y una caja de Kleenex.
Estos momentos evocan llanto y vivir un luto, no comer, ni mucho menos repetir. Los más cercanos al fallecido tan solo reciben un par de bocados obligados durante varios días. Su estómago se cierra al vacío. Entra en duelo.
Es el único momento, por el que irremediablemente todos pasamos, en el que la gastronomía no es compatible con el dolor y la muerte.
‘Todo’ nos pasa por la cabeza menos pasar con un plato por un buffet y servirnos suculentas viandas.

