Nuestras empleadas dejaron una huella en nuestras papilas gustativas y una herencia invaluable en la cocina de paterna que aún conservamos.
Columna de opinión publicada en el diario El Espectador, Colombia

María Luisa, Mauricia, Martica, Ludis, Evelia, Patricia, María, Adriana, Sol Fanny y Nelly son los nombres de aquellas mujeres trabajadoras que jamás olvidaré, protagonistas de este artículo.
Provenientes de diferentes rincones del país –pasando por Sasaima, hasta llegar a Ortega, Moniquirá y El Banco — dejaron una huella y una herencia invaluable en la cocina de mi casa paterna y en las papilas gustativas de quienes tuvimos el honor de probar sus preparaciones.
Portadoras de sabores de campo
Ellas aportan de manera humilde y sencilla, el secreto de la cocina de campo y la sazón de la tradición que todos los cocineros y chefs de hoy en día se pelean por encontrar o heredar.
Impregnan nuestras experiencias culinarias con guisos, sancochos, patacones, sudados, arroces blancos y sencillos sándwiches de jamón y queso, preparados con mucho cariño.
Cada una de ellas, dotadas de manos querendonas, dejaron un sentimiento especial en cada plato que nos sirvieron en la mesa.
Son moldeadoras de nuestros paladares. En las muchachas –algunas niñeras— recaía y recae una parte de la alimentación diaria de la familia, un cargo difícil de llenar, sobre todo porque deben saberse el punto exacto de sal y picante que nos gusta; el término personalizado de carnes y pastas; las porciones deseadas por esos comensales impacientes y exigentes que somos, e incluso, el emplatado final, con más salsa para algunos y sin salsa para otros.
Legado culinario que prevalece
Me consintieron mucho a lo largo de mi vida a través de su cocina. Fueron testigos de mi crecimiento, me alcahueteaban mi sopa de gupis con hierbas del campo, fueron recursivas y pacientes y miembros activos de la familia.
A algunas les seguí el rastro, a otras las perdí por completo, pero su legado vive en mí cada vez que diseño la circunferencia de una arepa, desgrano arveja, corto cebolla, tomate y cilantro para preparar un ají casero, o disfruto de la cebolla que salta juguetona en el aceite.
Algunos hablan de ellas con orgullo, otros, las han olvidado y dicen lo deberles nada, pero lo cierto es que debemos estar agradecidos por haber sido bendecidos con su presencia en nuestras vidas.
Sin ellas, muchos no podrían abrir la nevera y deleitarse “como niños chiquitos de nuevo” con un menú preparado a su antojo. Hoy, mi cocina cuenta con un diamante en bruto, quien ha aprendido a leer mi mente y me sorprende día a día con su sazón. Gracias, muchas gracias a todas.

