Dulce Nonna

Columna de opinión publicada en Avianca en revista, Colombia

Nonna no hay sino una. Sin importar su nacionalidad, siempre esconde entre sus dedos la magia de la tradición, del sabor de hogar y ese gustillo con el cual crecemos y que seguimos buscamos en cada bocado que probamos en el transcurso de nuestras vidas, quizás con el propósito de recordar sus dulces besos.

Muy bien lo explica el chef español Mugaritz: “la comida de tu abuela culturalmente hace parte de tus afectos, jamás te hará daño y siempre te reconfortará”.

De mi nonna recuerdo la sopa de cebada perlada servida en una taza orejera en donde buceaban trozos de zanahoria y arvejas tiernas. Siempre la preparaba los viernes al almuerzo sazonando el resto de mi día.

Hace poco visité en Alessandria, Italia, a otra nonna amiga de la familia: Rafaella Cipparolli.

Al disfrutar de su cocina campesina comprobé que sin importar de dónde sea esa abuela, siempre porta ese toque secreto que es develado a las mujeres una vez se convierten en abuelas consentidoras.

Junto a Rafa disfruté de auténticos almuerzos piamonteses, en especial, uno en casa de su hija en Tortona. La escena culinaria que viví parecía sacada de una película: la otra nonna de la familia llegó con un gelatto di fior di latte de su autoría, y el cura del pueblo, con grissinis recién horneados.

Recuerdo aquella mesa cubierta por una cúpula de vides y ubicada frente a los majestuosos Apeninos. Sobre esta, se encontraba un queso Robiola di roccaverano con aceite de tartufo y una botella de vino barbera sin etiqueta elaborado por il nonno en el sótano de su casa.

Rafa preparaba frente a nosotros una ensalada de pulpo con olivas negras y papa y farinata de harina de garbanzo, mientras disfrutábamos del primi piati: tagliatelle al pesto.

Le siguió jabalí al vino tinto con polenta. Finalmente, la otra nonna que se encontraba presente, explicó que el gelatto fue preparado con la primera capa de la leche y que se acompaña con fruta fresca.

Antes de terminar, il nonno me ofreció un pomodoro coure di buoe que recién había arrancado de su huerta. Me dijo que lo mordiera como si fuera una jugosa manzana.

Ahora entiendo porqué el tomate italiano es una bendición para las salsas; aún cierro los ojos y recuerdo su dulzura, como los besos de mi nonna Beatriz.

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