Con las manos

Columna de opinión publicada en revista El Espectador, Colombia

Bien lo decía Manuel Carreño en su Manual: “es impolítico excitar a una persona a que tome con las manos la comida que debe tomarse con tenedor o cuchara…”.

Pero quien no haya comido con las manos, que tire la primera piedra. No existe nada más delicioso que deshojar una alcachofa parrillada con sal marina, aceite de oliva y ajo, y luego disfrutar de ese aroma que se impregna en la punta de los dedos.

Lo mismo sucede con arepas, empanadas, amasijos, perros calientes, pollo frito, hamburguesas, duraznos y ciruelas que no me imagino comiendo a punta de cuchillo y tenedor.

Quizás Carreño en su afán por preservar los buenos modales –en la mesa y en el juego se conoce al caballero ‘y a la dama’—, privó de acercarse a su cena de una manera íntima y genuina, a las generaciones de nuestros padres y abuelos.

No pudieron gozar con los cinco sentidos de una experiencia gastronómica que involucra siempre el olfato –no veo nada de malo en acercar discretamente la nariz al plato—, y el tacto. Nuestras pinzas naturales siempre serán los dedos.

En algunas ocasiones no utilizamos nuestros dedos para sostener la comida, tal vez en un intento por preservar el legado de Carreño, y nos negamos a disfrutar de alimentos que obligan a usar las preciadas extremidades, como una arepa con queso.

Por supuesto que el protocolo en la mesa debe mantenerse en cenas de gala y cenas que lo exigen, pero veamos otros escenarios más cotidianos: los mexicanos disfrutan de sus tacos tomándolos con la mano y los indios las usan para comer sus curris.

Así que la próxima vez que sintamos el instinto de tomar un alimento con las manos o de introducir con prudencia nuestra nariz en la copa no seamos puritanos: ¡botemos la primera piedra!

La experiencia táctil no se le puede negar al ser humano que fue diseñado para vivir la realidad a través de los cinco sentidos, y estos deben estar presentes alrededor de cualquier mesa, desde la más humilde hasta la más sofisticada.

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