La caja de aromas

Miles de aromas viajan todos los días a nuestros recuerdos, con tan solo tener contacto con una oleada de aromas que llega de manera repentina.

Columna de opinión publicada en el diario El Espectador, Colombia

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Todos tenían los ojos vendados y las manos bajo la mesa. Yo pasaba puesto por puesto, acerándoles a su nariz una variedad de aromas para que los identificaran solamente usando su sentido del olfato.

Comenzaron con los básicos: sal marina, pimienta negra, ajo, clavos y canela. Siguieron unos más avanzados: azafrán y jengibre; y llegó el turno de las hierbas: albahaca, perejil liso, cilantro y hierbabuena.

Al codificar a la distancia las moléculas aromáticas de esta última, una de mis alumnas frenó en seco mi mano, se alejó y murmuró con ansiedad: “Uy no, no puedo olerla”. Su cara de disgusto, y de mareo, me llamaron la atención. Pero si es hierbabuena, no huele tan mal como lo refleja sus gestos. De hecho, evoca frescura.

Después, supe que las moléculas de hierbabuena viajaron directo a un recuerdo incrustado en su mente: el de un exceso de Mojitos.

El aroma y los recuerdos

De esta misma manera, miles de aromas viajan todos los días a nuestras nostálgicas reminiscencias con tan solo tener contacto con repentinas oleadas de aromas, como la del pan caliente recién sacado del horno, del cilantro picado listo para nadar en un caldo de costilla un día de guayabo; de unas galletas horneándose, de papas a la francesa dorándose, de la salsa de ciruelas en Navidad, de un tamal deshojándose, de una crema de alcachofa humeante, de una cuña de queso parmesano rallándose sobre una pasta, de un pescado frito frente del mar.

Lácydes Moreno, el único gastrónomo que ha tenido Colombia, recuerda con nostalgia el aroma del arroz con coco y pasitas de su casa en Cartagena; el chef Jorge Rausch, el del caldo de pollo de la casa de su abuela; Harry Sasson, el de los huevos fritos con mantequilla, y Leonor Espinosa, el de los ahumados en leña.

Personalmente, no soporto el aroma del melón ni el del ron; el recuerdo que más me trae nostalgia infantil es el del que llamábamos “dulce de nube”, una barra larga y rimbombante de sabor artificial que vendían en el colegio.

De mi finca recuerdo el aroma aceitoso que quedaba impregnado entre mis dedos cuando sacaba una uchuva de su capullo, y el de las guayabas maduras pudriéndose en el pasto; De mi abuela, el de su pintalabios que hoy encuentro en algunos Pinot Noir; y de mi casa paterna, el de la chimenea preparándose para recibir un robusto lomo al trapo.

Nuestro cerebro: una caja de aromas

Cada uno de nosotros va guardando en nuestro cerebro, de manera personalizada, esencias olfativas en una caja de aromas. Cada uno de ellos corresponde a un recuerdo, no solo gastronómico sino de la vida, de personas, de lugares, de situaciones que vivimos en este recorrido por el mundo y que nos hace recordar lo que muchas veces olvidamos: que somos seres sensoriales. Permitámonos el placer de ‘gozarnos’ los aromas y de recordar.

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